martes, 3 de julio de 2018

La danza de Rachel Brice


La Danza, la primera de las Beaux-Arts!
Rachel Brice... parece sacada de algún cuento de Sherezade en Las mil y una noches. Abajo un link con uno de sus impresionantes bailes.

https://www.youtube.com/watch?v=BKkJzCuV1IM&feature=youtu.be


Un Monet...



En este Monet se siente la nieve en los pies,

y un frío que poco a poco va desapareciendo.
Se puede sentir también el sol del cuadro en el rostro,
e imaginar la sombra fugaz que la urraca dibujará al volar…
Otro día que se asoma, con sus luces y sus sombras.

Fernando Egui Mejías, 2016

Una carta de Hunter Thompson


En la primavera de 1958 Hunter S. Thompson recibió una carta de un amigo pidiéndole consejo, de tal manera que el escritor redactó una carta sobre el significado y el propósito de la vida. Es importante mencionar que en ese tiempo Thompson aún no era el depositario de ningún tipo de fama, pero sus palabras ya tenían la energía que lo convirtió en uno de los autores más celebrados del siglo XX. A continuación la traducción de dicha misiva.
22 de abril de 1958
Calle Perry 57
Ciudad de Nueva York
Querido Hume,
Tú pides consejo, ¡ah qué cosa tan humana y tan peligrosa! Pues dar consejo a un hombre que pregunta sobre qué hacer con su vida implica algo muy cercano a la egomanía. Asumir que se puede dirigir a un hombre hacia la meta máxima y correcta, al punto de señalar con un dedo tembloroso la dirección indicada es algo que sólo cometería un tonto.
Yo no soy un tonto, pero respeto tu sinceridad al pedirme mi consejo. Sin embargo te pido que cuando escuches lo que tengo que decir, concuerdes con que todos los consejos son sólo un producto del hombre que los da. Lo que puede ser verdad para uno, puede significar un desastre para otro. No veo la vida a través de tus ojos, ni tú a través de los míos. Si fuera a intentar darte un consejo específico sería como un ciego guiando a otro ciego.
“Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Qué es más noble para el alma: sufrir los golpes y las flechas de la injusta fortuna o tomar las armas contra un mar de adversidades…?”
(Shakespeare)
De hecho esa es la cuestión: si flotar con la corriente o nadar hacia una meta. Es una decisión que todos debemos tomar ya sea consciente o inconscientemente en algún momento de nuestra vidas. Muy pocas personas entienden esto. Piensa en cualquier decisión que hayas hecho y que tuviera una influencia en tu futuro: puede ser equivocada, pero no veo cómo podría ser cualquier cosa excepto una decisión –aunque sea indirecta– entre las dos cosas que he mencionado: flotar o nadar.
Pero ¿por qué no flotar si no tienes una meta? Esa es otra cuestión y es incuestionablemente mejor disfrutar la flotación que nadar en la incertidumbre. Entonces ¿cómo encuentra un hombre una meta? No un castillo en las estrellas, sino una cosa real y tangible. ¿Cómo puede un hombre estar seguro de que no va en pos de una “gran montaña de dulce”, una meta hecha de caramelo y azúcar que tiene poco sabor y nada de sustancia?
La respuesta (que es, en cierto sentido, la tragedia de la vida) es que buscamos entender la meta y no al hombre. Ponemos una meta que demanda de nosotros ciertas cosas: y hacemos estas cosas. Nos ajustamos a las demandas de un concepto que NO PUEDE ser válido. Cuando eras joven, vamos a suponer que querías ser bombero. Me siento razonablemente seguro de decir que ya no quieres ser un bombero. ¿Por qué? Porque tu perspectiva ha cambiado. No es el bombero quien ha cambiado, sino tú. Cada hombre es la suma total de sus reacciones a la experiencia. Como sus experiencias difieren y se multiplican, tú te convertirás en un hombre diferente y por lo tanto tu perspectiva cambia. Esto sigue y sigue. Cada reacción es un proceso de aprendizaje sumamente significativo, que altera tu perspectiva.
Así que parecería tonto ajustar nuestras vida a las demandas de una meta que vemos desde un ángulo diferente cada día ¿o no? ¿Cómo podemos esperar lograr algo más que una neurosis galopante?
La respuesta entonces no debe de tratar de metas en absoluto, o al menos no de metas tangibles en todo caso. Tomaría montones de papel desarrollar este tema a satisfacción. Sólo Dios sabe cuántos libros se han escrito sobre “el sentido del hombre” y ese tipo de cosas, sólo dios sabe cuántas personas han ponderado el tema. (Utilizo el término “sólo Dios sabe” puramente como una expresión”). Hay muy poco sentido en que yo intente dártelo en un proverbial resumen, porque soy el primero en admitir mi absoluta falta de certificaciones para reducir el significado de la vida a uno o dos párrafos.
Voy a alejarme de la palabra “existencialismo”, aunque puedes mantenerla en tu mente como una suerte de clave. Quizá también puedas tratar de leer algo llamado El ser y la nada, de Jean-Paul Sartre, y otra cosita llamada Existencialismo de Dostoyevsky a Sartre. Estas son meras sugerencias. Si te sientes genuinamente satisfecho con quien eres y lo que estás haciendo, entonces puedes olvidarte de esos libros. (Dejar a los perros que duermen acostarse). Pero de vuelta a la pregunta. Como dije, poner tu fe en las metas tangibles, sería, en el mejor de los casos, poco sabio. Así que no aspiramos a ser bomberos, no aspiramos a ser banqueros, ni policías ni doctores. ASPIRAMOS A SER NOSOTROS MISMOS.
Pero no me malentiendas. No quiero decir que no podemos ser bomberos, banqueros o doctores, sino que debemos hacer de la meta conformarnos con el individuo, en lugar de hacer que el individuo se conforme con la meta. En cada hombre, herencia y entorno se han combinado para producir una criatura con ciertas habilidades y deseos, incluyendo una necesidad muy arraigada de funcionar de tal forma que su vida TENGA SIGNIFICADO. Un hombre debe ser algo, debe importar.
Tal y como yo lo veo, la fórmula va más o menos así: un hombre debe escoger un camino que permita a sus HABILIDADES funcionar con un grado de eficiencia máxima hacia la gratificación de sus DESEOS. Al hacer esto, él está satisfaciendo una necesidad (dándose a sí mismo una identidad al funcionar en un rumbo fijo hacia una meta), él evita frustrar su potencial (al escoger un camino que no le pone límites a su desarrollo personal) y evita el terror de ver su meta languidecer o perder su encanto conforme se acerca a ella (en lugar de someterse a las demandas que busca, ha sometido su meta a adaptarse a sus propias habilidades y deseos.
En resumen, no ha dedicado su vida a alcanzar una meta predefinida, sino escogido una forma de vida que SABE que disfrutará. La meta es absolutamente secundaria: lo importante es el mecanismo que lleva a la meta. Y parece casi ridículo decir que un hombre DEBE funcionar en un patrón que él mismo ha elegido, ya que dejar que otro hombre defina tus metas es renunciar a uno de los aspectos más significativos de la vida: el acto definitivo de voluntad que hace a un hombre un individuo.
Vamos a asumir que tú piensas que tienes que decidir entre ocho caminos a seguir (predefinidos, por supuesto). Y vamos a asumir que no puedes ver ningún propósito real detrás de ninguno de los ocho. Entonces –y aquí está la esencia de todo lo que he dicho– DEBES ENCONTRAR UN NOVENO CAMINO.
Naturalmente no es tan fácil como suena. Pues has vivido una vida relativamente estrecha, una existencia más vertical que horizontal. De tal manera que no es muy difícil entender por qué te sientes así. Pero un hombre que procrastina al ELEGIR, inevitablemente verá que esta decisión es tomada por las circunstancias y no por él.
Así que si ahora te cuentas entre los desencantados, entonces no tienes otra opción más que aceptar las cosas como son, o seriamente buscar algo más. Pero cuídate de buscar metas: busca una forma de vida. Decide cómo quieres vivir y luego ve cómo puedes ganarte la vida DENTRO de ese modo de vida. Pero dirás: “No sé por dónde empezar buscar. No sé qué debo buscar”.
Y ese es el punto medular. ¿Vale la pena dejar algo para buscar algo mejor? Yo no lo sé, ¿lo es? ¿Quién puede hacer esa decisión si no tú? Pero aun si DECIDIERAS BUSCAR, has avanzado un gran camino para tomar la decisión.
Si no paro me voy a descubrir a mí mismo escribiendo un libro. Espero que no sea tan confuso como se ve a primera vista. Mantén en mente, por su puesto, que esta es MI FORMA de ver las cosas. Yo pienso que esto es aplicable de manera general, pero quizá tú no. Cada uno de nosotros debe crear su propio credo, éste es meramente el mío.
Si cualquier parte de esto no te hace sentido, por favor señálamelo. No estoy tratando de ponerte “en el camino” en busca del Valhalla, sino simplemente señalando que no es necesario aceptar las opciones que te da la vida tal y como la conoces. Hay más en ello que eso: nadie TIENE QUE hacer algo que no quiere por el resto de su vida. Pero de nuevo, si eso es lo que terminas haciendo, convéncete como sea de que DEBÍAS hacerlo. Entonces tendrás mucha compañía.
Eso es todo por ahora. Hasta que tenga noticias tuyas de nuevo, sigo siendo tu amigo,
Hunter.

Sobre los cantos de Cumpleaños

A razón de este video redacté lo de abajo.

https://www.youtube.com/watch?sns=fb&v=GJkAPEo0eso&app=desktop

Que parodia tan buena... Yo pensaba que era el único que ridiculizaba ese momento. ¡No estoy solo en el mundo!
Muchas veces he pensado que ese performance colectivo (en el mejor de los casos, con algún familiar que sepa tocar cuatro) es demasiado largo. Es como un deja vu perpetuo. Tal y como expone el video, parece un cortometraje de terror. Fíjense que muchas veces los niños pequeños lloran en este "memento" casi aterrador que es el canto de cumpleaños. El horror se cincela en los rostros de estos indefensos, quienes no entienden el por qué de un ritual tan extraño y particular. Más te vale acercarte a la mesa, o serás presa de miradas recelosas que te harán sentir como un antisocial e inadaptado; irrespetuoso de la tradición; un intruso en esa casa llena de gente jovial, entusiasta y desafinada.
Luego de cantar aquello escandaloso, prosigue el acto de soplar las velas por parte del cumpleañero o cumpleañera, impregnando de bacterias toda la torta, para que luego los invitados se la coman con ese recién agregado topping de Streptococcus mutans, Porphyromonas gingivalis y Streptococcus salivarius (bacterias que habitan en nuestras bocas, sin distinguir raza, credo o religión). Mientras más edad más velas, mientras más velas más soplidos contaminantes. Todo esto imperceptible a nuestros ojos.
Alguna señora retira los pequeños bastoncitos de cera azul o rosa (velas), aun humeantes, succionando la base de estos con una naturalidad que hace dudar al más conservador en relación al hecho de pensar si está bien o no que haga eso, ¡qué rareza! Hay quienes, hasta guardan esas velas chupadas, para reutilizarlas en otra ocasión... Otra mujer, que por lo general frecuenta la casa o es cercana a la familia, extiende un enorme cuchillo a quien cumple años, para que proceda a hacer el primer corte, aunado a un absurdo y ensordecedor grito.
En ese instante el homenajeado(a) parece ser poseído por los milisegundos que dura el alarido, expulsando después al momentáneo espíritu con una final risa. Por supuesto grita frente a la torta, por no decir encima de esta, agregando más y más bacterias a lo ya infestado. Acto seguido, la mujer que facilitó el cuchillo, lo sustrae de las manos del antes poseso, con una habilidad que burla los ojos de todos los presentes, procediendo a realizar un corte circular en el medio de la torta para luego seccionar a ojo porciento, del centro hacia afuera, los pedazos perimetrales en pequeños platos que previamente fueron apilados al lado de un montón de cucharillas, a veces metálicas, a veces de plástico. Vale acotar que el pedazo circular interno es de carácter prohibitivo. Es algo que ni el más irreverente se atreve a corromper. Ese pedazo se queda en casa, y va a parar a la nevera con la típica base de cartón que antes sitiaba a la torta, en una característica inclinación de treinta grados (entiéndase: torcido, -descachapando- algo que antes ocupaba un lugar privilegiado en ese refrigerador); dicho pedazo sustentará la ansiedad de alguien en los días próximos.
Mientras esto ocurre, la gente HACE COLA para felicitar DE NUEVO al homenajeado(a). Esto de la cola es muy perturbador para mí. En ese instante siempre pienso que el venezolano asumió el acto de hacer cola como otra característica más de su gentilicio, como una arista más en su poligonal día a día.
¡Que manera tan terrible de darle continuidad a una tradición! ¿Se imaginaría Luis Cruz (autor de -Hay que noche tan preciosa- y otras tantas como -Dumbi Dumbi-) que su composición sonaría los 365 días del año, incluso fuera del territorio nacional? Sin menospreciar la calidad artística del creador de la canción número uno del soundtrack de nuestras vidas, mi enfoque se posa más que en la canción, en el momento en que es usada, sin que un centavo llegue a manos de la familia Cruz por concepto de royalty.
Percibo como inconcebible variar el statu quo de esto perturbador ante cualquier ojo crítico. Al menos para mí y, al parecer, para quienes hicieron el video anexo.
En lo particular no suelo comer torta en esas ocasiones, y créanme que me ofrecen el fulano pedazo de pastel con saliva de cumpleañero(a) unas tres o cuatro veces promedio. Mi estratagema (por llamar de alguna forma mi acción evasiva) siempre es el mismo, entrecierro mis párpados y proyecto una mirada que juega con la pena, el aborrecimiento y la cara de pendejo adolorido; coloco una mano en mi pecho y la otra en señal de stop (sin caer en amaneramientos, por supuesto), señal de stop porque quien te ofrece la torta insiste, y de hecho, insiste varias veces, con una ligera intransigencia camuflada en sonrisa, para que tomes el plato (sumando perturbaciones a lo ya perturbador), a lo que yo, de la manera más educadamente posible me zafo diciendo: ¡no, gracias!
A lo lejos se escucha la voz de la originalidad: "borracho no come dulce"... Quien me ofreció la torta se va vencido, pero no derrotado, pues incansable buscará quien engulla eso que en sus manos traslada, eso que yo rechacé, no sólo por lo que ya expuse, sino porque simplemente no me provocó.
La figura del lambucio extrovertido que, antagónicamente, no sólo come sino repite, nunca deja de estar presente; el mismo personaje que, por supuesto, habla con la boca llena, y gesticula aventando sus manos y antebrazos, contando alguna anécdota familiar o amistosa que vivió con aquel o aquella que veía la torta fijamente con una mirada casi perdida, tamborileando el borde de la mesa con sus dedos para el momento en que todos cantaban desafinados, celebrando un año más en su vida.


Fernando Egui Mejías, 2016

La Pragmática Conversacional

La pragmática conversacional se basa en la premisa de que el principio básico que rige la comunicación humana es el principio de cooperación: si dos o más personas establecen una interacción verbal, los oyentes y los hablantes cooperarán para entenderse y ser entendidos.
Para poder sostener esa pragmática conversacional hace falta cumplir con lo que Paul Grice identificó como Máximas Conversacionales (Grice: filósofo británico, conocido por sus contribuciones a la Filosofía del Lenguaje.)
El principio de Cooperación se concreta en una serie de categorías, denominadas máximas de conversación, las cuales describen cómo ha de ser lo que se dice en una conversación, para que ésta sea más precisa y menos ambigua:
1. Máxima de cantidad:
-Que su contribución contenga tanta información como se requiere
-Que su contribución no contenga más información de la que se requiere
2. Máxima de cualidad (de veracidad)
-No afirme lo que crea falso
-No afirme nada de lo que no tenga pruebas suficientes
3. Máxima de relación (de relevancia)

-Que lo que hable oportunamente sea relevante
4. Máximas de modo (modalidad, fundamentalmente intenta ser claro)
-Evite expresarse oscuramente
-Evite ser ambiguo
-Sea breve
-Sea ordenado

viernes, 21 de abril de 2017

Hoy me bañé con tobito...

Ya van dos días desde que se fue el agua. Los vecinos de por aquí no estamos acostumbrados a que pasen más de veinticuatro horas, y como cosa esporádica; es una suerte que tenemos, una rareza que se vaya pues. Afortunadamente, las casas de mi vecindario tienen sus sendos tanques, bien surtidos para la prevención de esta pasajera contingencia. Cuando se va, nos subimos a nuestros techos a pasar la llave para que la gravedad del agua sopese la gravedad de su falta. ¿Cómo puede faltar el agua en un planeta del cual tres cuartas partes que lo componen son precisamente eso: agua? me preguntaba mientras me subía a mi techo llevando una escalerita metálica de tres escaloncitos que debe haber pasado por tres generaciones en mi familia. Al llegar al tanque me percaté de que la llave de paso estaba… jodida; sí, la llave estaba jodida. ¡Coño de la madre! exclamé desde lo más profundo y folklórico de mi ser, como aquel actor que inmortalizó el famoso alarido: Kassaaaaaaandraaaaa… El tanque estaba lleno hasta el tope, y el clima me tentaba a meterme dentro para quitarme la sensación de calor, suciedad y arrechera. Gracias a Dios había venido la Sra. Kelly (la señora que-limpia). Le pegué un leco: Yineeeeeeeeeeth… diiiiga patroooon (ella me dice patrón), contestó. Súbete con dos tobos negra que esta vaina no furula. Dele con el alicate patrón (el que tenía en el bolsillo). No mija, ya le di y nada. Llamé por teléfono a mi super plomero estrella, pero me dijo que podía resolverme mañana temprano. Pinga jefe, hoy también hay marchas, me dijo, mientras yo pensaba: coño, otro día sin agua, otro día de lacrimógenas... Yo como que me voy pa´ donde mi prima, esta verga no me la calo, ¡que va!. Bueno, la negra subió con los dos tobos y yo me encaramé en el tanque; llené el par salvador y los bajamos con cuidado para no botar su valioso contenido. Mire negra, me voy a bañar, dije a medio camino. No jefe, vamos a buscar dos más, esos dos son para limpiar la casa, me espetó con aires gerenciales. Coño que ladilla (pensé) regalándole una mirada que le daba la razón. Repetimos el procedimiento con un inclemente sol en nuestro lomo. Recuerdo que en pleno proceso casi se le cae un tobo porque le pregunté: ¿usted bajó la coca-cola que estaba en el freezer?, porque si se me congela esa vaina ahí sí me voy a arrechar. Ya la saco, dijo riéndose, páseme el alicate, no lo deje arriba. Una vez armado de los cuatro tobos llenos dije decisivo: vaya preparando el almuerzo negrita que yo me voy a bañar como recomendaba Chavez (con taparita). Es impresionante todo lo que se puede hacer con tan sólo cuatro tobos de agua mientras uno está acostumbrado a despilfarrar el torrente que de los grifos emana sin que nos duela una gota. Me metí al baño. Agachado, ya sin ropas pensaba en la imagen de la evolución del hombre; no sé por qué pero me vino a la mente la música de Simón Díaz y recé para que no me dieran ganas de darle comida a los pececitos del río Guaire…. Recordé tiempos pasados, y también antiguos baños con tobito. Por lo menos esta agua venía templada, hasta buena estaba chico. Me eché champú y me eché jabón mientras pensaba en mis días de infancia en casa de mi tía Mecha, allá en Paracotos, no en el club: en Taica, pa´rriba, pa´l pueblo de Don Manuel, el dueño de la bodega que me vendió mis primeras y clandestinas cervezas. Allá arriba, donde muchas veces me bañé con ese mismo método, frente a un gran pipote Manaplas color azul celeste. ¡Paracotos!, allá, donde por aquellas veredas con mis primos queridos, hermanos del monte, de la tierra, del azadón, del machete y el hacha, perseguíamos, culebras y vacas, ensillando nuestros caballos de acero y cascos de caucho. Allá, donde vimos por primera vez unos campesinos depostando un toro; recuerdo que aquel antes animal colgaba de la tremenda rama de una seiba, un apamate o un samán, qué se yo. En ese suelo de tierra dorada yacían sus restos, cuero, pellejo, cabeza y tripas. ¡Le hicieron lo mismo que a Jim Hooper! Allá, donde la lluvia huele a tierra mojada. Allá, donde el viento pega en la cara y en el alma… Pónganse gorra o sombrero, decía mi tía mientras nos alistábamos para una habitual expedición bajo el sol, ataviados con botas de goma y sendos machetes. Mi tío decía: revise bien esas botas antes de ponérselas sobrino, no vaya ser que le pique un alacrán… Tío, cuidao´ y quema la casa, le respondía mi picardía. El viejo dominaba la técnica, y decía con mirada noble: tranquilo sobrino, que monte verde no agarra candela. Mi tío se hacía uno con el humo, con su barba siempre blanca. Cuando finalizaba su eterna tarea se recostaba de una columna, debajo de una alcayata, saboreando un nestea helado, como premio a su esfuerzo; mi tía siempre se lo hizo, mi tía siempre se lo llevó... Cosa curiosa que a mi madre no le gustase que me quedara de niño hasta tarde hablando paja con amigos abajo del edificio, pero en la montaña no le paraba bolas a que yo anduviera con machetes, hachas y picos… Mientras jugábamos a explorar, el tío seguía quemando monte, limpiando la maleza con un rastrillo que parecía indestructible. Todo esto pensaba mientras me bañaba agachado… Mucho ayudaría ponerle un hacha en las manos a los carajitos de ahora, para que sepan lo que es tumbar un árbol, sentir el impacto en los puños, la fuerza del rebote del acero contra la madera, y la vibración casi eléctrica en los antebrazos, (cuidao' y te vuelas un pie, mosca, decía mi primo Andrés, siempre seguro), todo esto no en detrimento de la naturaleza, no señor, sino, en esencia, para utilizar prudentemente sus recursos. Cuando uno echa hacha, una de las cosas a las que debe prestar cuidado es a no volarse un pie... Limpiar camino y obtener leña: ¡cosa de hombres, hecha por niños!, ¡nojoda!. Al caer la tarde llegábamos a la casa con callos en las manos, con la inocencia en nuestros ojos, y anécdotas en nuestras cabezas; con la cara llena de tierra y sudor, con esa misma cara llena de ganas, ganas de vivir, ganas de reír y divertirnos otra vez; sedientos; picados de plaga; raspados en los brazos o en las rodillas... Mientras me bañaba me miraba el raspón que me había hecho al bajar del tanque, lo palpé y recordé mis raspones de cuando niño... Me reincorporé, notando que ya quedaba poca agua en el tobo, apenas tres dedos o algo más de lo que estamos acostumbrados a obtener con un simple giro de llave. La negra me tocó la puerta diciendo: ¡está listo el almuerzo!. Ya voy, ya voy, respondí. Nos sentamos a comer; ella siempre come en la cocina, pero esta vez le dije: negra, véngase pa´cá pa´ echale un cuento, y le conté de Paracotos mientras sonaba Todo este campo es mío, de Simón Díaz.


Fernando Egui Mejías

martes, 22 de noviembre de 2016

Los puentes de la abstracción



No es una casualidad que mi línea de investigación (mis lecturas y apuntes) se enfoquen en obras existenciaslistas. Me genera una curiosidad inagotable descubrir cada vez más que la inercia de la vida lleva consigo un marcado dualismo, y que todos nuestros problemas se cimientan en una condición y una consecuencia antropológica.

Nos paseamos por ese dualismo existencial entre lo bueno y lo malo, entre lo efímero y lo trascendental, en una suerte de yin yan tóxico y a la vez productivo: diferencias y coincidencias, sís y nos, dos mundos que se solapan; un péndulo que oscila en dicotomías, y en medio de todo aquello, muchas veces de manera espontánea, se nos forman puentes, que vinculan cosas con otras, que conectan situaciones, emociones, sentimientos, perspectivas, ideas y figuraciones. Estos puentes son los puentes de la abstracción.

En estado de abstracción perdemos la objetividad. En estado de abstracción la inercia nos mueve.
En estado de abstracción la duda vence a la certeza.

¡La abstracción es ambigüedad! Estamos en la era de la abstracción...
La abstracción es como un hechizo, un embrujo. Me refiero a fenómenos que no tienen un sentido absoluto, conciso, sólido, definible.
La abstracción es el término que más se aleja del axioma.

¿Qué es lo normal? 

He allí una pregunta en donde la abstracción se manifiesta en plenitud.
La humanidad no está lejos de aquellos tiempos de mitos y leyendas; aun vivimos entre mitos y leyendas. Seguimos siendo hordas, clanes y sociedades tribales.

¡Todo es un sesgo! Definitivamente todo es un sesgo...