domingo, 22 de julio de 2018

Ítaca, de Constantino Cavafis



Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás,
si mantienes tu pensamiento elevado, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.
Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
deténte en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.
Ten siempre en tu mente a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.
Constantino Cavafis, 1951

Un viaje a Citerea, de Charles Baudelaire



Mi corazón, como un pájaro, voltigeaba gozoso
Y planeaba libremente alrededor de las jarcias;
El navío rolaba bajo un cielo sin nubes, 
Cual un ángel embriagado de un sol radiante.
¿Qué isla es ésta, triste y negra? –Es Citerea,
Nos dicen, país celebrado en las canciones,
ElDorado banal de todos los galeones en el pasado.
Mirad, después de todo, no es sino un pobre erial.
–¡Isla de los dulces secretos y de los regocijos del corazón!
De la antigua Venus, soberbio fantasma
Sobre tus aguas ciérnese un como aroma,
Que satura los espíritus de amor y languidez.
Bella isla de los mirtos verdes, plena de flores abiertas,
Venerada eternamente por todanación,
Donde los suspiros de los corazones en adoración
Envuelven como incienso sobre un rosedal.
Donde el arrullo eterno de una torcaz
- Citerea no era un lugar sino de los más áridos,
Un desierto rocoso turbado por gritos agrios.
¡Yo, empero, vislumbraba un objeto singular!
No era aquello un templo sobre las umbrías laderas,
Al cual la joven sacerdotisa, enamorada de las flores,
Acudía, encendido el cuerpo por secretos ardores,
Entreabriendo su túnica las brisas pasajeras;
Pero, he aquí que rozando la costra, más de cerca
Para turbar los pájaros con nuestras velas blancas,
Vimos que era una horca de tres ramas,
Destacándose negra sobre el cielo, como un ciprés.
Feroces pájaros posados sobre su cebo
Destruian con saña un ahorcado ya maduro,
Cada uno hundiendo, cual instrumento, su pico impuro
En todos los rincones sangrientos de aquella carroña;
Los ojos eran dos agujeros, y del vientre desfondado
Los intestinos pesados caíanle sobre los muslos,
Y sus verdugos, ahítos de horribles delicias,
A picotazos lo habían absolutamente castrado.
Bajo los pies, un tropel de celosos cuadrúpedos,
El hocico levantado, husmeaban y rondaban;
Una bestia más grande en medio se agitaba
Como un verdugo rodeado de ayudantes.
Habitante de Citerea, hijo de un cielo tan bello,
Silenciosamente tú soportabas estos insultos
En expiación de tus infames cultos
Y de los pecados que te ha vedado el sepulcro.
Ridículo colgad, ¡tus dolores son los míos!
Sentí, ante el aspecto de tus miembros flotantes,
Como una náusea, subir hasta mis dientes,
El caudal de hiel de mis dolores pasados;
Ante ti, pobre diablo, inolvidable,
He sentido todos los picos y todas las quijadas
De los cuervos lancinantes y de las panteras negras
Que, en su tiempo, tanto gustaron de triturar mi carne.
–El cielo estaba encantador, la mar serena;
Para mí todo era negro y sangriento desde entonces.
¡Ah! y tenía, como en un sudario espeso,
El corazón amortajado en esta alegoría.
En tu isla. ¡oh, Venus! no he hallado erguido
Más que un patíbulo simbólico del cual pendía mi imagen...
–¡Ah! ¡Señor! ¡Concédeme la fuerza y el coraje
De contemplar mi corazón y mi cuerpo sin repugnancia!
Charles Baudelaire

Bitácora cronológica de algunos libros leídos y releídos en 2017



Este año viajé a algunos lugares ya visitados en relectura, y a otros tantos que no había pisado. Comencé el año en Alemania, yendo a la empinada y fatigosa Montaña Mágica de Thomas Mann, para conocer un sanatorio con Hans Castorp y su fijación con la muerte. Mi salud menguó con ellos casi en hipocondría. Enfermo ya de estar enfermo escapé del sanatorio y resolví en irme a España, para encontrarme con Luis Mateo Díaz Rodríguez quien me mostró una Carta que decía: “Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.” Visité, en ocasiones, la casa de Miguel de Cervantes, y hurgué entre sus libros de caballería, recordando a un Sancho que se quijotizaba y a un Quijote que se Sanchificaba. Estoy trazando un mapa para hacerlos llegar a todos... Pasé por Francia para ver los cuadros de Raoul Dufy, me tranquilizaron sus formas simples y luminosas, sencillas a la vista. Fui al Reino Unido a perseguir a la Alicia de Lewis Carroll, y aluciné con ella en introspección. Afortunadamente pude escapar sin que me cortaran la cabeza. En algún momento de mi fuga me topé con el Profesor Lugano y sus sarcásticos circunloquios, los cuales me recordaron al Lord Henry Wotton del Retrato de Dorian Grey creado por el irlandés Oscar Wilde. Me cuestioné sobre mi propio lienzo. Me fui a Canadá a conversar con Laurence J. Peter sobre su principio, y entendí una vez más algunos procesos sobre “los niveles de incompetencia” de muchos condenados a la subordinación laboral, consecuencia de una mal formada actitud pasiva. Regresé a Europa para conocer la religión Anabaptista de una comunidad supuestamente pacifista (disculpen la cacofonía) llamada Los Menonitas, sus costumbres me hicieron pensar en la película The Village de N. Shyamalan. Puro condicionamiento. En una Alemania anacrónica ya había conocido el Enigma de Gaspar Hausen, paseándome también por la conceptualización de la Persona, del sueco Ingmar Bergman; esto se me figuró en correlación. Regresé a Venezuela para disfrutar las hilarantes aventuras de un tal Juan Planchard, viva imagen de una coyuntura a razón de la tristemente célebre viveza criolla de “ciertos” venezolanos. Durante mi estadía me tuve que bañar con tobito recordando viejas experiencias, antagónicas a las de Planchard. Decidí viajar al sur, a Argentina, y, de la mano nada más y nada menos que de mi queridísimo Borges, visité Tlön, Uqbar, y Orbis Tertius; Pierre Menard me hizo dudar si el Quijote lo había escrito él o el Bachiller Carrasco; conocí a un hombre gris en Las ruinas circulares, no sé si lo soñé; me perdí en un inmenso laberinto de un jardín donde los senderos se bifurcaban; conocí al detective Erik Lonnrot, y presencié un duelo gaucho en ese Sur borgeano. Aproveché mi estadía en Argentina para conocer a Esteban Echeverría, quien me narró la distópica realidad del hambre en contraste con las figuras del opresor y el oprimido; me lo dijo a través de su Matadero infravalorado, tan común a la realidad de mi país natal. Antes de irme de Argentina pasé por aquella casa borgeana en donde diecinueve escalones me llevaron a encontrarme con el infinito y la idea de mi propia Beatriz Viterbo, a quien luego recordaría en Un viaje a Citerea acompañado de Charles Baudelaire…
A mitad de año, en la capital de mi país, me declaré en Desobediencia Civil. Marché, me atrincheré, protesté y huí de los gases lacrimógenos con el desobediente de Henry Thoreau. Cómo no pensar en el 1984 de George Orwell, y por supuesto en su famosa granja rebelada. En mi mente retumbaban aquellas líneas: "¡Amigo de los desheredados!
¡Fuente de bienestar!
Señor de la pitanza que en mi alma enciendes
cuando afortunado contemplo
tu firme y segura mirada
cual sol que deslumbra al cielo.
¡Oh, Camarada Napoleón!
Donador señero
de todo lo que tus criaturas aman
- sus barrigas llenas y limpia paja para yacer - .
Todas las bestias grandes o pequeñas
dormir en paz en sus establos anhelan
bajo tu mirada protectora.
¡Oh, Camarada Napoleón!
El hijo que a suerte me enviare
antes de crecer y hacer grande
y desde chiquito y tierno cachorrillo
aprenderá primero a serte fiel, devoto,
y seguro estoy de que éste será su primer chillido:
¡Oh, Camarada Napoléon!".
La furia de la rebelión cesó, y las bajas quedaron impunes. Triste república bananera. Me fui a Francia, y con Albert Camus presencié el horror pestífero de una fatal epidemia, la misma que en mi país ha brotado como consecuencia de un funesto legado. Recuerdo haber nadado en el mar para calmar mi angustia; recuerdo también la importancia de la solidaridad en tiempos difíciles, sorbiendo amargamente la idea de una nación infestada, enferma y convaleciente. Entre tanto, escuché la noticia de un vampiro austrohúngaro y pasé por Viena a perseguirlo, logramos increparlo en una suerte de sótano, su leitmotiv aun suena en mi cabeza: Le Halle du Roi de la Montagne, de Edvar Grieg. Aun la silbo pensando en los límites de la maldad humana. Viajé también a Transilvania para ver morir de dos puñaladas y un cercenamiento de cabeza al mismísimo Nosferatu. Recordé que el Frankestein de Mary Shelley, definitivamente, supera con creces a ese Drácula de Bram Stoker. No soporté más estar allí y me fui a Israel para encontrarme con Yuval Noah Harari quien me habló de la agenda del siglo XXI y su concepción de un eslabón más en la cadena evolutiva: el Homo Deus. El hombre detrás de la ambición por el control de todo. Volé a Francia para escuchar un discurso sobre la servidumbre voluntaria, dictado por Etienne de la Botié. Pensé en la naturaleza mansa del hombre y me acordé de La Sumisa, de Dostoievski, y de aquella institutriz Yulia Vasilievna de Anton Chejov en Poquita Cosa. La humanidad explotada sólo sabe decir Merci. Regresé a Francia y caí preso por culpa de Meursaul. Allí dormí en el piso por muchos días, cuestionándome sobre los valores del hombre moderno. En Francia también conocí, gracias a Camus, a Jean Baptiste, figurándonos, ambos, las abstracciones del ego, la existencia, la culpa y la tergiversación de los valores. Recuerdo haber leído varias veces el Eclesiastés en la cárcel de ese momento, pensar, como dice Cohelet: "Todo es pura ilusión... como abrazar el viento". Al salir de mi presidio viajé a Rusia, donde conocí un espejo más de la humanidad en la figura de Akakiy Akakievich en el Capote de Nikolai Gogol. Gogol me recordó la falta de identidad a razón de un "abrigo nuevo". Pobre Akakievich. No soporté su inseguridad y me fui a meditar a Asia, allí encontré el Tao. Lao Tse me enseñó a estar vacío para poder llenarme de muchas cosas. Lao Tse revivió mi humildad. Me reconfortó sobremanera. Ahora el Tao está en mí, y yo en el Tao. Sereno, viajé a Estados Unidos, y Whitman me calmó aun más con sus maravillosos poemas. Aproveché de pasar por Baltimore para ver cómo se incendiaba la Casa Usher una vez más entre tantas que he pasado por allí para visitar a mi maestro Edgar Allan Poe: el desmoronamiento del ser; retrotrajo mi visita por Francia con la Caída de Camus. Volví a Rusia, pues procuro frecuentar a mi amigo Fiodor; sepan que le estimo en grado superlativo. Allí conocí a Raskolnikov, y, probablemente, jamás pueda sacar de mi cabeza su recuerdo. En él vi la enfermedad del Tánatos anunciada por Freud. En él vi una sucesión de delirios a razón de un crimen y su posterior castigo. La desesperación halla un sinónimo de mayor intensidad en este Raskolnikov y su hacha. Me sugirieron visitar una cárcel de Irlanda para escuchar los lamentos de Oscar Wilde en De Profundis. Su congoja me sensibilizó, su argumento me reiteró que muchas veces damos más para recibir tan poco. Me habló de Jesucristo, y pensé mucho en la Empatía y en la función amatoria de dar sin esperar nada a cambio. Pensé también en los arquetipos amatorios y los plagios rimbombantes de Alejandro Jodorowsky, disque genio... Luego, me fui a Grecia a tratar de filosofar un poco, y me encontré con Diógenes de Sinope desnudo; le pregunté: ¿hay algo que pueda yo hacer? Y me contestó: “Muévete un poco hacia un lado porque me estás tapando el sol…”. Lo mandé al diablo y me fui a un Banquete con Platón, allí se discutió sobre el significado del Amor, y la visión desenfadada de Diotima de Mantinea en donde se plantea un amor huérfano pero a la vez nacido de la necesidad y la circunstancia. En esa cena no hablé ni una palabra. Tuve que irme a celebrar el cumpleaños número 123 de Aldous Huxley en Godalming. Nada suntuoso, tomamos Soma toda la noche y hablamos del futuro. Fui feliz, y me fui a Francia para viajar en barco con el Cándido de Voltaire. Este Cándido no hablaba sino de una tal Cunegunda mientras yo le preguntaba por qué habíamos abandonado ElDorado. Allí quería quedarme, pero sin ese Pangloss y sus absurdos. ElDorado me recordó los viajes de Gulliver tatuados en mi alma, y la posibilidad de visitar la Utopía de Tomás Moro. Muchas aventuras me sobrevinieron con este Cándido, tan optimista como errante. Recordé también los siete viajes del suertudo de Simbad el marino y amé una noche más a Sherezade. Regresamos a Francia y se me ocurrió ir a Irlanda a visitar a Oscar Wilde, quien ya había cumplido su injusta condena. Me llevó a una casa embrujada y lejos de asustarme con el fantasma que habitaba aquel recinto, lo que hice fue reírme gracias a la familia Otis. Vaya manera de mofarse de un espectro. Abandoné aquella casa embrujada para irme a Edimburgo a ver si le pedía algunos deseos al diablo en la botella de Stevenson. No alcancé a comprar aquel artefacto. Recordé la Pata de Mono de W.W Jacobs y la Piel de Zapa de Honoré de Balzac. Recordé también al asiático Aladino, (sí, Aladino era chino, y vivió en China, no en Arabia) con su famosa lámpara y su no tan famoso anillo. Recordé también que Aladino era un pervertido y que su padre había muerto por su causa. Dejé mis ensoñasiones y me fui a Rusia, a recibir un Curso sobre literatura inglesa dictado por Vladimir Navocob. Paseamos por varias obras de rigor (...) y finalizamos con ciertas conjeturas acerca del sobrevalorado Sentido Común y nuestra propia torre de marfil. Con semblante académico viajé a España y me reuní con Ortega y Gasset para conversar sobre la Rebelión de las Masas. Abandoné por un momento la idea del Ser para reflexionar nuevamente sobre la coyuntura colectiva de mi país. Recordé el hombre rebaño de Nietzsche y la Civilización del Espectáculo de Mario Vargas Llosa. Quise ir a Perú, pero preferí pasar unos días en Argentina para dializarme con algunos poemas de Jorge Luis Borges. Los disfruté todos, y los llené de líneas y trazados con mi atrevido y desvergonzado bolígrafo. Borges no se molestó por eso, al contrario, me invitó a perdernos entre amarillentos espejos y laberintos, una y otra vez. Lo dejé para irme a Bombay, detrás de un Si de Rudyar Kipling. Recordé su Carga del hombre blanco y todo el poder de una Europa no tan pretérita. Espero no correr la suerte de su Centinela Dormido. Solapé algunos recuerdos de Whitman pero decidí ir a Austria a ver una galería de Gustav Klimt. No fue su Beso sino la Muerte y la Vida la que dejó pasar el tiempo a través de mis cansados ojos. De allí hice una pronta visita a la República Checa para reencontrarme con Franz Kafka en su Proceso y su Partida. Recordé a mi amigo Milan Kundera y mi Insoportable Levedad. Partí a Polonia a conocer a Slawomir Mrozek, quien me contó varios relatos satíricos, entre ellos, Revolución y El Octavo día. Magníficos. Su obra me pareció refrescante. Me fui a México, para conocer a un payaso que me borró la sonrisa, llamado Garnik, hijo de Juan de Dios Peza, y mientras pensaba en aquella línea “Yo soy Garnik, cambiadme la receta", visité un pueblo fantasma llamado Comala. Allí conocí a Juan Preciado, a Pedro Páramo y a uno que otro muerto, gracias al realismo mágico de Juan Rulfo. Abandoné aquellos espectros insidiosos y me fui a Grecia, donde me fueron presentados poco más de una veintena de pre-socráticos. La cabeza se me llenó de filosofía y mi espíritu terminó anclando en Italia para no volverme loco con tantas teorías. Aprecié la compañía invaluable de Giovanni Papini; sus relatos me devolvieron la cordura. El Prisionero de sí mismo me dejó perplejo, así como su Día no remunerado y El Espejo que huye. Y cómo olvidar la concepción de una nueva religión en su Gog: la egolatría. Lo mejor de Italia sin duda alguna (con el respeto de Dante). Regresé a México porque había olvidado conversar con Octavio Paz acerca de algunos escritos sobre la diáspora. Deliberamos. Pocos días después pasé, rápidamente, por Egipto, para rememorar a Constantino Cavafis y su Ítaca. Me acordé de Ulises y del abrigo que tejía su Penélope. Reí pensando en la fila de pretendientes a ésta. Recordé también que debo ir a Irlanda a debatirme con James Joyce; debo ir bien armado, o debería decir: preparado. Me regalaron un pasaje a Portugal, y apenas llegué, una ceguera blanca invadió mis ojos por culpa de un tal José Saramago. Todo se desmoronaba mientras me encontraba de nuevo en presencia de una epidemia terrible. Pudimos sobrevivir varios días gracias a una mujer sin nombre, única vidente. Allá en Portugal nadie tenía nombre. Ese viaje fue el eco de un mundo ciego ex profeso. Recordé La Resistencia de Sábato y la Fiesta de la insignificancia de Milan Kundera...
Resolví en marcharme a Ucrania, y de allí viajé en barco hasta el Congo Belga, en compañía de Charles Marlow y el Señor Kurtz, para adentrarnos en lo más descriptivo del corazón mismo de las tinieblas del alma humana. Joseph Conrad me dejó atónito. Recordé a Fitzcarraldo y su enorme barco; Werner Herzog se habrá inspirado cual Francis Ford Coppola (me figuro). De regreso pedí que me dejaran en España para conocer a un hambriento pilluelo llamado Lazarillo de Tormes, y una vez más recordé la coyuntura de mi país. Finalmente fui a Nueva York, acompañado de un insoportable jovencito llamado Holden Caulfield, él me dio una vaga idea de por qué asesinaron a John Lennon. Pura depresión. Llegué a odiarlo, pero luego recordé mis aprehensiones asiáticas con el Tao y preferí “no llenarme” con sus impulsivos absurdos. Ahora estoy de vuelta en Rusia conociendo a un trabajador frustrado que, al parecer, tiene un Doble. Ando con Dostoievski, mi gran amigo. Espero estar de vuelta por Venezuela para recibir el año con mis seres queridos no-ficticios. Todo esto lo recorrí con el pasaporte de mis ganas, y un entusiasmo visado a la literatura universal. El año que viene espero poder viajar más, pues muchos otros lugares me faltan por visitar.
Fernando Egui Mejías
#ExtremeBookReadingChallenge

Los últimos días de POmpeya



Los últimos días de Pompeya. Pintura de Karl Briullov (Quizá el mejor pintor de Rusia). Lienzo épico de 24mts cuadrados. (1830-1833).
La caída de Pompeya es una consecuencia del desmoronamiento de una ya enterrada Heculano, consecuencia, a su vez, de la erupción del Vesubio. La historia de estas ciudades es impresionante. Se lee que Pompeya quedó bajo 3 metros, mientras que Herculano quedó tapeada a 20 metros, intacta, pero enterrada. Estamos situados en el año 79 después de Cristo. Ya para el siglo XVII (supuestamente) un campesino, cavando un pozo, redescubrió Herculano en su esfuezo por buscar agua. Esta cuidad había permanecido sepultada por más de 1600 años: intacta. Todo estaba allí, petrificado, inerte, como encapsulado por el subsuelo, como una Atlantis térrea...

Una sucesión de ladrillos en la pared de un problema


En la gran pared de nuestros problemas y defectos un ladrillo bien pudiese haber sido el pensum. Sí, ¡el pensum! Una estructura arcaica y perpetua, casi inmodificable. Un absurdo tal vez; una maraña de sesgos y posturas. Los hijos del país (nuestros yo del pasado) distraídos entre esos sesgos y esas posturas. No hay problema, estuvimos bien cuidados, pero aprendimos más malas mañas que buenos oficios. Uno mismo (nosotros como pieza del todo) a razón de la cultura y la actitud. Lo que hacemos, cómo reaccionamos; nuestra manera de hablar, de expresarnos, de ser. La forma en la que enseñamos con nuestros actos. Nuestra falta de rigidez y exceso de flexibilidad. Otro ladrillo, por supuesto, el sistema de valores y creencias. Lo que nos figuramos y asumimos. Lo que creemos y por qué lo creemos. ¡Sigamos! Otro más, ya sé, la inexistencia de la empatía. La empatía es una ciencia desconocida. ¡Eso! La empatía es un mito, una palabra difusa.
También se suma el ladrillo de la actitud congénita. Sí señor. Los atavismos como comportamientos infundados por nuestros propios padres, familiares y mentores. Cual si fuera un condicionamiento programado, los atavismos son algo que te meten en la cabeza, quieras o no, y luego se vuelven parte de ti, como un reflejo inconsciente, que crees que es parte de tu personalidad. Otro ladrillo es la tradición tergiversada (o como decía William Shakespeare: la peste de la costumbre). La repetición del comportamiento emulado. ¡Somos émulos! Te lo dije. ¡Chócala! Otro ladrillo, ¡epa! la falta de disciplina y la echadera de broma, claro vale, la mamadera de gallo todo el año...
Le dejo que siga sumando y restando en etcéteras. Así podríamos identificar muchos ladrillos en la pared que nosotros mismos hemos construido a punta de venezolanadas.
Ahora bien, me causa mucha curiosidad el alegórico ladrillo del pensum, aquella sagrada estructura. ¡Oh pensum! Y, peor aun, lo vivimos alegres, tan alegres como el Gaudeaumus Igitur...
“Vivat academia
Vivant professores
(...)
Vivant et respublica
Et qui illam regit”
¡Pamplinas! ¡Vivant mis polainas!
En otras publicaciones he vociferado, casi con altanería e indiscreción, que el Sistema Educativo es el nuevo opio de los pueblos. Aun hoy, sigo convencido.
Me pregunto, entonces, desde mi perspectiva de bibliófilo ¿qué país tendríamos si, en épocas escolares (épocas en las que se empieza a formar el carácter), en vez de “mandarnos a leer” La Trepadora, nos hubiesen puesto a leer 1984 y La rebelión en la granja, de George Orwell. Si en vez de Doña Bárbara, nos hubiesen asignado la lectura y análisis de Farenheit 451, de Ray Bradbury. Si en vez de Pobre Negro, nos hubiesen persuadido a leer Crimen y Castigo, de Dostoievski. Y, si en vez de Canaima, nos hubiesen explicado bien el Lazarillo de Tormes, los infravalorados viajes de Gulliver o las anónimas Mil y Una noches? ¿Qué país tendríamos? ¿Qué tipo de ciudadanos seríamos?
¿Por qué ese afán de inyectar la obra de Rómulo Gallegos en el torrente sanguíneo del venezolano, como unidireccional de la cultura temprana? La impronta obligada del campesinado y sus matices de supuesto arraigo rural. Pero, tan rural en su entorno como en sus cavilaciones más subjetivas, es decir, en su alrededor y, también, dentro de su cerebro; la identificación de lo propio como precario y limitado. Caleidoscopio no apto para los ojos de un púber, por el simple hecho de no estar en la posición de entenderlo como una raíz cultural, como un precedente, sino como una cotidianidad no pretérita, amalgamada a nuestra estirpe. No estoy poniendo en tela de juicio la calidad de aquellos textos, sin embargo, considero que esas no eran lecturas para tan temprana edad. Nos metieron en la cabeza al venezolano de alpargatas y sombrero de cogollo. No apto para la formación de un pensamiento progresista, sino chauvinista, y, peor aun, dependiente, excesivamente humilde y pedigüeño. Ojalá la pregunta no fuese -qué me ofrecen- sino -qué ofrezco yo-. Ojalá no existiese ese “no me des, ponme donde hay...” puesto que el poner y dar sea una convicción personal y no una necesidad.
Más valdría haber dedicado tiempos de estudio en cursos intensivos sobre guerras, todas ellas. Qué tal le sonarían a sus oídos de muchacho las historias bélicas de todos y cada uno de los países que entraron en contienda con otros países, y no sólo una mal entendida Venezuela Heroica. Mejor aun, ahondar en el inmenso mar de las teorías filosóficas de Sócrates, Platón, Aristóteles, Hegel, Spinoza, Heidegger, Shopenhauer, Sartre, Hobbes, Locke, Hume, Kant, Nietszche, Kierkegaard, Rousseau, Ortega y Gasset, o Foucault (entre otros tantos). Por qué no estructurar el funcionamiento del cuerpo humano desde no sólo una perspectiva biológica sino también emocional. Alimentación, ejercitación, manejo de frustraciones, desarrollo de la confianza personal y el valor trascendental de aprender a ser una persona auténtica... Pero para qué hacer pensar al alumno más allá de una asignación... Súmele a ese pensum de barro y calles de tierra, tal vez un poco de historia de los emprendimientos industriales, más allá de esa hojeada que nos echamos de la Revolución francesa y los hallazgos de Gutenberg; Tal vez un poco más de lo espiritual y un poco menos de lo dogmático, sugiriendo una vida más espiritual y menos religiosa. Pero la imposición es lo que impera y no hay tiempo para deliberar, puesto que la prioridad haya sido (y sea) la "formación" de ciudadanos que no se abstraigan y que se limiten a ser productivos; que funcionen y formen parte de un "Sistema". Mi evidente imprecisión no es más que lo que mi memoria estudiantil me permite recordar.
Habría que “sentarse” a modificar todo ese fulano pensum, para no echarle la culpa nada más a Rómulo Gallegos y al Álgebra de Baldor... Haga usted el ejercicio de imaginarse una materia entre tantas posibles. El quid de la cuestión no es el profesor o la maestra, mucho menos la institución, sino lo que nos enseñaron... lo que nos dijeron... el contenido obligado a evaluar: la asignación a estudiar a razón de una orden ministerial.
Cómo se comportaría una sociedad capaz de imaginar su propia desgracia, desarrollando la habilidad de pensar en colectivo, bajo la figura de la visualización y la proyección. El espejismo de un verdadero trabajo en equipo. Autoevaluándonos contantemente. Sin dejar a un lado el sentido del orgullo y el nacionalismo. ¿Cómo se logra eso? ¿Cómo se logra persuadir a tanta gente a través de qué recursos? Pero no ahora, antes, caramba, antes!
En tiempos pasados no sólo se desperdiciaron recursos económicos, también se desperdició el expediente no renovable del Tiempo. Interminables horas académicas sumergidas en desdén. Y no me vengan con alusiones a la evolución del Trivium y el Quadrivium, por favor, mucho menos retrotraer el pensamiento aristotélico de la Academia.
Se me figura una nación como reo de su propio pensum. El Sistema Educativo como presagio y continuidad de una penitenciaría perpetua, o de un boleto a una genuina libertad individual: la suerte del autodidacta.
Aclaro: el problema NO ES la Unidad Educativa, el problema ES el Sistema Educativo, como estructura de una inminente indefensión aprendida. Como una tradición inerte. Como una aguja que cose el hilo de donde se sostendrá la marioneta.
En tiempos escolares las ciencias no podían predecir el futuro de un país, ni mucho menos un estallido social. Pero, en la Literatura... ah, en la Literatura siempre han habido oráculos y pitonisas del comportamiento social y político, circundantes o no a los hechos históricos. Reitero entonces, esta vez, no como una soberbia certeza sino como un sensato cuestionamiento:
¿El problema fue, es y será el pensum?
En las aulas, por la asignación de materias. Y en los hogares, por la asignación de sistemas de valores y creencias. Una simple sucesión de conversaciones puede dar forma al carácter, puede incluso modificar el criterio. Hoy el Emilio de Rousseau está más muerto que nunca... Y se siguen sumando ladrillos a esa inmensa pared que nos aísla y nos separa del todo.
Esa pared no es más que nuestra propia idiosincrasia. Nuestro gentilicio hecho muro. Nuestra actitud de concreto, que nos impide ver el otro lado de las cosas.


En todo caso, no busco tener la razón en estas impulsivas conjeturas, más bien, plantear el debate ante los verdaderamente expertos y entendidos.

Fernando Egui Mejías 
Enero, 2018

Una mente ocupada no extraña a nadie


Trato de no caer en la -economía- de publicar quotes, pero esta frase me pareció tan hermosa como lapidaria. Ruda, muy ruda. No sé a quien se le atribuye; la encontré suelta en internet. Me gustó, a pesar de su carga perturbadora.
Parece sacada del Tractat del Lobo en El Lobo Estepario de Hermann Hesse... Parece salida de la boca de Lord Henry Wotton del Retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde; o del mismísimo Gran Inquisidor en Los Hermanos Karamazov de Dostoievski.
Tal vez se parezca a la voz de Jean Baptiste en La Caída de Albert Camus. Incluso Robinson Crusoe pudo haber pensado en esta frase sin aparente dueño ni remitente.
La frase burla la dependencia emocional, y esboza un instante aparentemente ficticio, ilusorio; casi nirvánico. Pareciera mofarse de todo aquello que representen las subjetivas abstracciones del crush, del enamoramiento, del interés, del despecho, de la resiliencia, del luto, de la morriña, del apego y la costumbre, e incluso del miedo mismo. Quizá sustituya la admiración por la contemplación. Quizá sea un antídoto contra el tósigo del recuerdo.
Me retrotrajo el cuento de Giovani Papini El Prisionero de sí mismo, y un fragmento del libro Gog (del mismo autor) en el que se habla de la Egolatría como religión.
Esta frase es un fabuloso absurdo! Una oda a la misantropía en su matiz más excelso. Un magnífico imposible. Una bella mentira.
Podría escribir mucho más de lo que se me figura a razón de esta frase... pero prefiero seguir lidiando con ella en silencio.

jueves, 5 de julio de 2018

Microrrelato de Luis Mateo Diez

Hurgando entre el género del Microrrelato me topé con éste, escrito por el español Luis Mateo Diez Rodriguez. Un regalo para una sociedad lacónica ante lo verdaderamente cultural... que recula despavorida ante medianos y largos párrafos, pero que, a su vez, ansía un entretenimiento inmediato, una impresión instantánea...





Se titula: La Carta

Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.