jueves, 1 de agosto de 2019

Guerra de dos reinos






                         

  Guerra de dos reinos




                                                                                   Érase una vez un hombre llamado Poh Togg Thoj, quien sumido en la parcial oscuridad de las cuatro paredes que le situaban decidió escribir una carta a un muy cercano y viejo amigo. Tal vez un poco difícil le fue esbozar su intención de saludo en algún papel del que disponía a razón de sus últimas demandas, sin embargo, resuelto en comunicar sus inquietudes no reparó en esfuerzos para hacer llegar aquella carta en donde, luego de saludar con aparente cordialidad, solicitaba más que razón de las próximas acciones de su viejo amigo Poh Yong Gogg, exigiendo respuestas ante los acontecimientos más inmediatos, los cuales, al parecer, escaparon de la memoria de quien recibiría la carta. Ambos, Poh Togg Thoj y Poh Yong Gogg, distaban de algún tiempo sin hablarse, sin saber el uno del otro. El primer comunicado de una posterior sucesión epistolar rezaría así:


¡Oh, Poh Yong Gogg! Amigo de fechorías, cómplice de mi vida y sus villanías, cuán callado has estado estos incontables días. Ya ni mis gritos objetas ¿acaso mis palabras para ti son nada? ¿No entiendes lo que se nos encima? Los días hacia el final de nuestros reinos se acortan y no he escuchado el eco de tus lamentos. Te recuerdo que nuestra hora se acerca. ¡Estad alerta! Manteneos despierto, pues el día elegido de nuestro verdugo se manifestará en muy poco tiempo. Ya quisieran mis ganas saber qué pasa por vuestra cabeza antes que os la corten, puesto que seguramente la perderéis como yo.

¿Acaso tu alma ya extraviada no delira ante la idea de ser arrancada definitivamente de ese patético cuerpo? Dime ¿es tal tu valentía que no alberga miedo alguno en tus insonoros pensamientos? ¿Con qué se alimenta el coraje de tu silencio? ¿Qué nuevo secreto guardas en la lejanía de tu postura? ¿En qué punto se fija tu mirada para mantenerte tan silente y tan calmado?

Hábilmente he recordado nuestra sentencia a las puertas de un mañana tan infausto como cercano. De seguro el tiempo os ha borrado ese recuerdo tan incierto. Manifiéstate más que pronto; responded a mi llamado o dejad de llamarte mi amigo. Si vuestro silencio pretendes mantener seré yo quien se adelante, por absurdo que suene, a entregarte la muerte.



La carta se hizo llegar, y así empezó una sucesión de ataques que ninguna imaginación pudiese concebir, ninguna más que la de estos dos que antes fueron amigos y que hoy se enfrentan. El silencio de uno provocó el prejuicio en el otro, y así la naturaleza impulsiva de la ira se manifestó en ambas direcciones como un alud de ofensas devastando todo a su paso.

La luz de una nueva mañana permitió a Poh Yong Gogg leer la carta que encendió el fuego de la discordia. Su letargo dio marcha a una fuerte irritación; lleno de rabia decidió romper su silencio para enfrentarse a su realidad más próxima: contestar de alguna manera. Solicitó entonces suficiente material para desfogar su reacción por la misma vía con la cual fue estimulado.


Poh Togg Thoj, ya no recuerdo siquiera el curso de mis días. Ensimismado he visto al tiempo pasarme por un lado, dejado yo a la deriva. No tengo en mi mente más que algunas borrosas reminiscencias de lo que fue mi reinado. No en vano mi mutismo se había gestado en consecuencia, pues al no saber qué hacer decidí callar.

Mas ahora he despertado, y el silencio del que fui por tanto dueño no tolerará la desvergüenza de tu retadora actitud. Tu carta ha movido en mí la idea de un ataque, el cual no estoy dispuesto a consentir. Mi defensa será el comienzo de una contienda sin precedente. Bríndome decido ya mismo a  mandar a quemar las casas de tu gente en contestación a tu desfachatez, ¡así lo he decidido! No quedarán más que cenizas humeantes a razón de tu insolencia.

Amenazarme a mí ha sido vuestro peor error. Rompisteis innecesariamente un silencio que había yo elegido para bien de mis más subjetivas imparcialidades, ahora escuchad el lamento antagónico de tu reino ardiendo en llamas. Yo soy Poh Yong Gogg, rey de reyes, y no permitiré que ningún ser viviente me señale con sus amenazas. Mejor la muerte que tolerar semejantes befas; mejor agredir que limitarme a no responder vuestras calumnias. Has acertado al señalar que el miedo no deambula en mis pensamientos, la reflexión de mi anterior mutismo no albergaba sentimiento alguno, estoy lleno de nada, y desde este exceso me enfrento a cualquier reacción que pudieseis tomad.


Con prontitud fue entregada la misiva, ocasionando aspavientos, arrebatos y movimientos llenos de ira en Poh Togg Thoj luego de leerla. La ira se hacía en él como la sal en el agua. Agitando la hoja de papel en donde sellaría su enfrentamiento se dispuso a escribir:


Más te hubiese valido quedaros callado y morir tranquilo. Habéis mandado a asesinar a las familias en mi reino, y eso lo pagaréis con la virtud de vuestras mujeres. En tus tierras será impregnado del incienso-nuestro el asilo estrecho de los placeres. Si de humo llenasteis mis casas, de lágrimas os  llenaré las vuestras, pues la rabia de la deshonra deviene en un llanto muy profuso y eso es lo que escucharan tus ya envenenados oídos. La dignidad de vuestras hembras se habrá ido al olvido; ya no serán tan ingenuas; ya no soñarán despiertas sino con un amor transido, tan lúbrico como infame. La ilusión ya no se posará en sus miradas porque sus ojos jamás verán igual a quien tal vez las ame. Sus pudores habrán mermado en un sentimiento poluto que ira más allá de la vergüenza y la resignación. Quemaste mis casas, pero yo allané las vuestras, ahora mefíticas del incienso de mis vigorosos gendarmes. Tus damas corrompidas inundarán sus noches con el peor de los lamentos.


Poh Yon Gogg rompió en tormento al terminar el comunicado. Golpeando sus paredes no hacía sino imaginar el sufrimiento infligido por el impulsivo Poh Tog Thoj. El día ya había avanzado en el encierro de aquella querella, en el hermetismo de semejante disputa y sus consecuencias. Aun con lágrimas en su rostro respondió a su agresor, encomendando al mismo guardia su mensaje. Ese mismo guardia que sin contrariedad ni molestia alguna resolvía en hacer llegar tanto una respuesta como la otra:


Oh, Poh Togg Thoj, serás recordado entre los más viles y cobardes por haber llevado a cabo tal acto. Desearía que los muros de la coyuntura no separaran nuestra proximidad para que me vierais a la cara y deciros esto directo a la vuestra. No tengo más que odio en el sitio de mi alma que antes estaba lleno de nada. La animadversión se rebosa en mí y sólo busca un objetivo: acabar con todo lo que se relacione con vuestra existencia.

He resuelto enviar a todos mis soldados con el encargo de secuestrar a los hijos de vuestro pueblo, y una vez raptados y arrancados de sus madres abandonarlos en la estepa; allí convivirán con los chacales y las hienas. Con el tiempo, en caso de que algunos sobrevivan, volverán con semblante de bestias, deshecha su humanidad, transfigurada su faz, obnubilado su ser. No recordarán a sus familiares y se comportarán como animales salvajes, atacándose unos a otros sin contemplación. Peor que morir les será vivir de esa manera.


Poh Togg Thoj leyó todo esto, no sin mostrarse encolerizado y entristecido; más aun al ver cierta expresión risueña en el guardia encomendado a la entrega de las cartas. Poh Togg Thoj lo enfrentó cuestionando lo sospechoso de su actitud, interpelándole ante la absurda idea de mofa. El guardia no prestó mucho cuidado, borrando la expresión de su rostro y limitándose a cumplir con la entrega y recepción de las cartas escritas; una condición subordinada le obligaba a aquellos oficios. Sin embargo, sus gestos esbozaban una suerte de disculpa, una compasiva lástima.

La tarde menguaba, y con ella la luz de un día que se brindaba como víspera fatal, sumido de un espectro tanático que a su vez impregnaba las almas de Poh Togg Thoj y de Poh Yong Gogg; las mismas almas que no hace tanto tiempo se estimaban y se llevaban bien. Aquel abnegado guardia llevó y trajo unas tantas cartas más, en donde se debatían intenciones de ataques más que bélicos, en donde lo peor de cada uno explotaba entre amenazas y golpes estratégicos en detrimento no sólo de cada cual sino de todo lo que le circundase. Cada uno destiló su más lesivo aceite para impregnar al otro de su encono.

Resultó que antes de que acabase ese día, el guardia hizo llamar a ambos con la intención de llevarlos a un sitio. La verdadera realidad de este relato es que tanto Poh Togg Thoj como Poh Yong Gogg no eran reyes, sino dos personas que estaban privadas de libertad;  sus celdas colindaban al igual que sus pretéritos. Ambos –reos- habían sido finalmente sentenciados a la horca por sus fechorías y delitos cometidos. Algunos si no muchos años transcurrieron, ambos confinados a calabozos contiguos; hasta que un día Poh Yong Gogg decidió dejar de hablar; de celda a celda al menos podían conversar, sin embargo, muchos días pasaron sin que Poh Togg Thoj escuchara una intención de respuesta.

Así fue como con el tiempo ambos reos perdieron la cordura, uno sumido en el mutismo y el otro en la amargura; pero por alguna razón Poh Togg Thoj recordó el terrible final de ambas sentencias. Muy a pesar de sus delirios sabía que al día siguiente de ese día ambos serían colgados, y por eso pidió al guardia que le suministraran tanto a él como a su viejo amigo varias hojas de papel y algo con qué escribir. Muy dentro de sí, a la sombra de una ineludible muerte, quería saber que no estaba solo, que no era el único que se había vuelto loco; la furia que extracta de la competencia tal vez le daría la fuerza que necesitaba para dar sus últimos pasos. En alguna reserva de lucidez pudo entender que sólo enfrentándose a su amigo podría sacarlo de su ensimismamiento, del ensueño perpetuo, de ese letargo que es vivir como muerto. Ahora ya es tarde, quien dormía durmió mucho tiempo para lamentablemente volver a dejar de estar despierto.

En este momento ambos han sido removidos de sus celdas; están caminando hacia el patíbulo; sus crímenes así lo devienen, el destino así lo dicta. Antes de que les pusieran la soga al cuello, Poh Togg Thoj se acercó a Poh Yong Gogg y le dijo:

-Te dije que te entregaría la muerte ¡ahí la tienes!

Poh Yong Gogg no respondió.




Fernando Egui Mejías
Junio, 2019

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